En el puerto de Rawson , situado a 7 kilómetros en la desembocadura del río Chubut, las pequeñas embarcaciones pesqueras, denominadas “Flota Amarilla” reciben la compañía de los lobos marinos. En las cercanías, distintos restaurantes ofrecen exquisitos menúes con salmones, abadejos, merluzas y pejerreyes recién extraídos del mar.
Por estar ubicada en el valle inferior del río, posee un clima templado y seco. Durante los meses invernales, sus temperaturas oscilan entre los 0 y los 15°C y en verano alcanzan los 38° C.
A 1.470 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires y a 17 de Trelew, a Rawson se puede acceder por vía terrestre, con la ruta nacional 3 y la 25, ambas pavimentadas
UNA PLAYA DE PINGUINOS
Una mañana espléndida nos recibió en la ciudad de las ballenas. Una bandeja colmada de tostadas, platitos con manteca, dulce de leche y de sauco y las particulares medialunas caseras del Apart Ty Coed desaparecieron casi en el mismo momento en que fueron depositadas sobre la mesa. Inusualmente apurados, terminamos el desayuno, cargamos la cámara fotográfica, el grabador, y salimos con rumbo a la Reserva Provincial Punta Tombo.
Decir que cerca de dos millones de pingüinos magallánicos nos estaban esperando, es una mentira piadosa; la verdad es que se dan cita allí desde septiembre hasta abril para nidificar, aparearse, incubar los huevos y alimentar a sus crías, brindando un espectáculo único sobre el continente.
De Puerto Madryn, salimos con dirección sur por la Ruta Nac. 3 y, tras 70 km. de recorrido, tomamos la Ruta Prov. Nº 1, que nos condujo hasta Punta Tombo tras 107 km. por un camino de ripio.
En esta clase de caminos recomendamos un manejo tranquilo y cuidadoso, ya que este tipo de rutas resulta sumamente peligroso para los amantes de la velocidad. No sobrepasar los 60 km por hora es una buena receta.
Al llegar, igual que todos los que visitan la reserva, nos dejamos sorprender por la interminable visión de miles de pingüinos, que de aquí para allá, buscaban sus nidos o corrían tras sus pichones.
El guía que nos acompañó nos explicó que el predio donde se emplaza la reserva pertenecía a la Estancia La Perla, y que había sido donado por Luis y Francisco La Regina.
El objetivo de esta reserva es proteger una de las colonias de aves marinas más diversas de la Argentina y la mayor colonia continental del pingüino de Magallanes, con casi dos millones de individuos.
A medida que nos fuimos acercando a la Punta, en medio de la típica estepa patagónica, árida y desolada fuimos observando una actividad sorprendente.
Una masa rocosa de 3 km de largo por 600 m de ancho se interna en el mar. Cubierta por arenas, arcillas, predregullo y rodeada de amplias playas arenosas, alberga la mayor concentración de aves marinas de todo el litoral patagónico. La zona de cría se halla concentrada en los terrenos arenosos ubicados en la base de la Punta
El suelo se encuentra plagado de cuevas, donde los pingüinos ponen sus huevos y crían sus pichones.
En silencio, observamos la actividad febril que domina la colonia, ya que mientras algunos pingüinos excavaban sus cuevas, otros se peleaban por el territorio, a la vez que el continuo rumor de rebuznos -la voz de los pingüinos- dominaba el ambiente.
Aprendimos que los machos son apenas más grandes que las hembras y que tienen picos más largos y anchos. Un macho pesa alrededor de 4 ó 5 kg y alcanza su madurez sexual a los 5 años.
El experto guía que nos acompañó en la visita nos comentó que las hembras ponen generalmente dos huevos a comienzos de octubre y tras 40 días de incubación compartida con el macho nacen los pichones.
A diferencia de otras especies de aves, ambos sexos defienden el nido y alimentan a los pichones con peces como anchoítas y calamares.
Además, Punta Tombo es un paraíso para otras aves marinas que han elegido este sitio para nidificar. Las gaviotas vocineras grises o australes, las skúas o salteadores , dos especies de cormoranes –el real y el de cuello negro o roquero-, el pato vapor, palomas Antárticas, y varias especies de gaviotines y petreles gigantes son las aves que pudimos encontrar nidificando en este sector.
La inusitada concentración de avifauna, y el fácil acceso para la observación, constituye un espectáculo mundialmente conocido, por lo cual te invitamos a conocerla al igual que nosotros. Que la disfrutes.
GUSTO DEL PUERTO
GASTRONOMIA
El refrescante y veloz paseo en el semi-rígido nos dejó sin palabras. Viajar a gran velocidad, casi al ras del agua en búsqueda de la tonina overa fue una experiencia alucinante.
Después de observar el inédito espectáculo del delfín patagónico, que surfeaba y realizaba saltos en la inmensidad del escenario oceánico, volvimos al puerto de Rawson. A lo lejos, sólo quedaba el vestigio de la brillante estela que había dejado sobre el agua, que de a poco desaparecía.
El aire del mar despertó nuestro apetito y, como la hora coincidía con la del almuerzo, decidimos hacer un alto en la jornada para deleitar nuestro paladar en el mejor lugar del puerto pesquero: Cantina Marcelino
Ubicado frente al puerto de Rawson, íconos pesqueros ambientan el cálido salón de Cantina Marcelino.
La propuesta gastronómica es amplísima, pero su especialidad gira en torno a los pescados y mariscos.
El lugar se encuentra colmado de historia. Fundado en 1971 por la abuela de los actuales dueños, doña Guina de Luca González, continúa con las reglas que le hicieron ganarse un lugar en el puerto de la ciudad y en los corazones de todos los rawenses: higiene, calidad y buena atención. Hoy lleva el nombre de quien fuera su esposo, don Marcelino González, que en el año 1955 llegó a la región para construir la escollera norte, convirtiéndose en uno de los primeros pobladores del lugar
Una vitrina exhibe varios trofeos obtenidos por Carlos Rocco, el camarero “estrella” del lugar, que ganó en repetidas oportunidades los campeonatos regionales de mozos, coronándose con el título de Campeón Sudamericano de la especialidad, allá por el año ´82.
Rápidamente nos dimos cuenta el por qué de las distinciones obtenidas, ya que él fue quien nos atendió.
En esta oportunidad pedimos una picada de frutos del mar. Una bandeja con veinticinco cazuelitas poblaron nuestra mesa. Rabas, cornalitos, cholgas, vieiras, pulpitos, calamaretis, calamares, caracoles, pejerrey, salmón, langostinos y diversas salsas fueron regados ante nuestros sentidos. No tardamos en “atacar” la sugestiva entrada, que en un santiamén se transformó en minúsculos vestigios.
Como plato principal, no dudamos en aceptar la sugerencia de “nuestro” mozo: un exquisito abadejo Rocco. Este pez de mar estaba acompañado con una salsa especial con cebolla de verdeo, panceta ahumada, crema, pimienta negra, sal y una guarnición de crocantes papas a la española. ¡Riquísimo!
Para finalizar, optamos por el tradicional flan casero con crema. Para ese entonces estábamos más que satisfechos. Comimos muy bien, por lo que prometimos regresar en la primera oportunidad que se nos presentara. Los frutos del mar habían hechizado nuestros sentidos.
EL PUERTO
Las barcazas pesqueras del puerto de Rawson esperan tranquilas su jornada de trabajo. A sólo 6 kilómetros de la ciudad, su muelle se encuentra en el río próximo a la desembocadura, donde amarran los clásicos barquitos de color amarillo que componen la flota pesquera de la zona.
Es común ver algunos lobos marinos acompañar las embarcaciones y esperar que los pescadores les regalen algo de su botín.
En el espigón o en la playa Magagna, lugar de encuentro para diferentes concursos deportivos, se puede observar a los pescadores probando suerte.
Además, las cantinas que se ubican alrededor atraen a los visitantes con el aroma de las paellas y cazuelas, entre otros platos típicos de la cocina con frutos de mar
En el verano, el puerto de Rawson se viste de gala para celebrar la tradicional Fiesta de los Pescadores, que convoca a numerosos turistas y habitantes de la región. En este importante evento se realizan la elección de la Reina de los Pescadores y diversas manifestaciones culturales y deportivas. Además, se destaca la procesión náutica con la virgen Stella Maris, patrona del mar en los barcos de pesca. En esa ocasión los barcos salen del muelle, dan una vuelta frente a Playa Unión y arrojan flores al mar por los marinos perdidos
HISTORIA DE UNA GRAN SALA
La capital de Chubut posee diferentes museos que rescatan la historia de la región y del desarrollo de la ciudad. Una de estas instituciones es el Museo Regional Salesiano, que refleja la obra de esta orden misionera desde su encuentro con los tehuelches hasta la actualidad de Rawson.
El museo fue inaugurado en el año 1941 y su única sala concentra ocho secciones que permiten conocer esta interesante muestra. El recorrido, que se inicia en el hall central, exhibe diferentes objetos pertenecientes a los tehuelches y mapuches que habitaban estas tierras antes de la conquista española. Precisamente en la sala central se pueden apreciar testimonios de la llegada de los españoles que fundaron el puerto San José y el fuerte, destruido por los ataques indígenas.
La sala también cuenta con elementos traidos en el velero “Mimosa” por el primer contingente de galeses que llegó a la región.
A su vez, se encuentran vitrinas con hallazgos fósiles de las intrusiones marinas, trozos de maderas petrificadas, improntas de peces y una variada flora y fauna embalsamada.
Como objetos simbólicos del crecimiento urbano, están los primeros carros, la marcadora de boletos que utilizaba el Ferrocarril Central del Chubut y una imagen de la inauguración del primer puente de Rawson, entre otros.
Los restos de la primera campana, la imagen de la Inmaculada Concepción, el armonio y un óleo de Nuestra Señora de los Dolores se mantienen del primer templo de Rawson, que fue destruido por un huracán. De la segunda iglesia que se construyó se conservan un altar lateral, confesionarios, imágenes y otras expresiones de religiosidad.
Antes de llegar al final del recorrido, se puede observar una colección de monedas, billetes y medallas, además de la publicación "La Cruz del Sur" que se editaba en los talleres del colegio local.
La muestra se cierra con la sección llamada "Las piedras de la Patagonia" que está compuesta por 33 piedras, en su mayoría piezas de granito trabajadas en bajorrelieve
UN OASIS EN LA ESTEPA
La propuesta era alejarse del mar y de la estepa para vivir un relajado día al aire libre en el dique Florentino Ameghino. Mario, nuestro guía de Flamenco Tour, conocía mucho el lugar ya que su padre, un guardafauna, se crió en la pequeña villa del dique.
Con la mañana a pleno sol, tomamos la ruta 3 y atravesmos Trelew. Después de un tramo, Mario se desvió del camino para mostrarnos unos árboles petrificados que fueron recientemente descubiertos. Ingresamos a un campo y realizamos un mini trekking hasta donde se encontraban varios troncos convertidos en piedra. Entre los coirones y el viento, estos vestigios de la Patagonia prehistórica yacen casi al ras de la tierra.
Seguimos viaje hasta el paraje Las Chapas y desde allí, por un desvío, finalmente llegamos al dique. Al bajar de la camioneta, una quebrada rojiza daba paso al verde de los sauces y las casas silenciosas que se levantaban a un lado y otro del río Chubut.
Un tranquilo paraje
Mario nos invitó a bajar la pendiente hasta la villa por las escaleras que utilizan los pobladores, mientras él seguía con la camioneta por arriba de la represa.
Los farellones rocosos, de un vibrante color rojizo, encajonan las aguas del río Chubut por varios kilómetros y forman un lago artificial que cubre 7.000 hectáreas. El dique, de 255 metros de largo, fue planeado por el Ing. Antonio Pronsato por el año 1943 y recién se inauguró en 1963.
Después de recorrer el área de camping, nos alejamos del caserío siguiendo el curso del río hasta las minas de caolín, un mineral de color rosa pálido que se utiliza para la fabricación de cerámicos. No pudimos acceder a las instalaciones porque estaban trabajando, pero nos quedamos un rato cerca del río disfrutando del sol que pegaba en los murallones rojizos.
Aquí se puede divisar gran parte de la fauna autóctona de la Patagonia: los guanacos con sus crías o chulengos, choiques y maras, principalmente.
Cerca del mediodía nos acercamos al comedor de Segundo, donde almorzamos unas sabrosas empanadas y luego de una sobremesa, con guitarreada de por medio, nos dirigimos al paredón del dique. Traspasamos largos túneles que se abren en la roca hasta llegar a la cima de la pared de hormigón. Desde este estratégico punto pudimos sacar fotos del embalse y de la villa para guardar un recuerdo de nuestro apacible paseo por sus calles.
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